DON QUIJOTE CABALGA TODAVIA, por Jose Luis Najenson

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Gracias a un Profesor de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), donde realicé mi D. Phil., aprendí a releer el Quijote.
El me había aconsejado: “No lo leas como a la Torá -El Pentateuco-, un capítulo cada semana; no es bebida para tomarla a sorbos. Léelo como una novela que no puedes dejar de leer, y de una vez. Al fin y al cabo, es la primera novela moderna y lamejor de todas.”
Le hice caso, y me encerré en la biblioteca de mi College durante un día entero. Salí deslumbrado, como si lo hubiera hecho por primera vez. Entendí que no era una mera yuxtaposición de historias, que todos sus párrafos estaban ligados en una trama general, “mayor que la suma de sus partes”; que había, entre
líneas, secretos y señales, mojones de caminos invisibles que era menester descubrir.
Quizá podría decir que, aunque no era un libro esotérico sensu strictu, estaba lleno de misterios que incitaban a seguir buscando. Ya en la primera página, por ejemplo, la mención de los “duelos
y quebrantos” que Don Alonso Quijano consumía los sábados, me llamó la atención a raíz de esa lectura “total”. ¿Qué son duelos y quebrantos?”. Poco me costó saber que se trataba de “torrijos”, es decir, castizamente, de tocino frito con huevos. ¿Por qué ese nombre, por qué los sábados?
Vino en mi auxilio una vieja sentencia soterrada que había oído en mi infancia, en boca de la bisabuela de un amigo de estirpe sefardí. Ella, Doña Fortuna Levi, había dicho: “En casa de mi bisabuela en Lima, hace muchísimos años, los sábados se hacían duelos y quebrantos”.
Era durante un desayuno sabático, en el que había huevos jaminados (duros y cocidos el día anterior), pero sin tocino. Mi amigo alcanzó a preguntar:
-¿Qué son duelos y quebrantos, bisabuela Fortuna?
-Una comida prohibida. Pero aquí en Buenos Aires, y en estos tiempos, ya no es necesario hacerla; tampoco en sábado, ni con las ventanas abiertas.
La abuela y la madre de mi amigo la miraron con reprobación, y esta última dijo, como para cerrar el tema:
-Son cosas tristes del pasado, más vale no hablar de ellas, abuela Fortuna.
Doña Fortuna no replicó, pero una sonrisa enigmática recorrió sus labios, que me quedó grabada para siempre.
 Después de la relectura del Quijote, acuciado por ese recuerdo, fui a consultar a un viejo rabino sefardí que estudiaba la vida de sus antepasados. El me confirmó lo que ya sospechaba: los criptojudíos
o judíos secretos comían duelos y quebrantos los sábados, a la vista de todos, para demostrar que eran buenos cristianos, fieles conversos. El nombre del plato demostraba cómo sufrían al hacerlo.
-Pero no te has dado cuenta -agregó con una maquiavélica mirada- que, por contraste, el resto de los días de la semana, en la casa de Don Alonso Quijano, y quizá en la de la bisabuela de Doña Fortuna Levi, la comida era cabalmente kasher, es decir, conforme la pureza ritual. Ve, y lee de nuevo esa primera
página… Volví al Quijote y comprobé que tenía razón, porque de domingo a viernes todo resultaba acorde con dicha dieta kasher: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y
quebrantos los sábados; lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…”
¿Quiere esto decir que Don Miguel de Cervantes era de prosapia judía, un converso, o “marrano”? No necesariamente. Pero éste y otros indicios bastan para generar la duda, aunque no para plasmar
una evidencia, hasta aquí y ahora.
Parecería, pues, que la inclusión del Quijote entre mis libros preferidos rompe el motivo profundo de mis otras cuatro elecciones, en torno al miedo y al coraje, amén de la excelencia de todos y de los aspectos estrictamente literarios, que justifican plenamente la selección. No obstante, me pregunto ahora, al final
de estas páginas, si acaso inconscientemente no escogí al Quijote, además de su incomparable riqueza, porque quizá esconda un temor y un coraje secretos, escudados en el humor y la ironía, pero
que implican una severa, si bien velada crítica a la sociedad intolerante y a las supersticiones de su tiempo.
Por último, como en los casos anteriores, reconozco haber escrito poemas, cuentos y ensayos dedicados a Don Quijote y a Don Miguel, ubicando a ambos a menudo como personajes de los mismos. Vaya un botón de muestra en estos dos tercetos alejandrinos de mi poemario “Pardés-Sefarad” ( Premio de Poesía
en castellano “Villa de Martorell, 1995, Seuba Ediciones, Barcelona):
El caballero andante cabalga todavía
por aquesos campos de poblada soledad,
preso verdor, viñedos que se beben la tarde.
Pero ya no busca la engañosa eternidad;
casi inmortal, pasó junto al Arbol de la Vida
sin encontrar el fruto que refulgía en él