GÉNESIS Y LA EVOLUCIÓN DEL VILLANCICO, por Luis F. Leal

Nacimiento

Los primeros juglares líricos que tienen éxito decisivo en todo el territorio castellano son de origen provenzal. Ellos nos traen una poesía que se cultivaba ya en el siglo XII en los círculos regios del mediodía de Francia, y desde allí se extiende a toda Europa. Esta poesía es un tanto refinada y artificiosa y en ella se trata de exaltar las cualidades de la mujer. No obstante, debido a lo complicado de su métrica, a la oscuridad de su expresión y a la distancia existente entre Castilla y la Provenza, no se impuso como cabría suponer. Por ello, en el siglo XIII, los trovadores que vienen tanto de la Provenza como de Cataluña son sustituidos en Castilla por los que proceden de Galicia.

            Recordemos cómo algunos géneros literarios gallegos derivan directamente de los provenzales, pero aquéllos tienen siempre una forma más sencilla. La tensao presenta similitudes con la tensó, y la cantiga d´amor con la cansó. Sin embargo, hubo en Galicia otros géneros que nacieron al margen de los provenzales, y cuyo carácter popular y autóctono los diferencia de las formas cultas y refinadas de éstos. El más significativo es el de las cantigas d´amigo, en el que la saudade -nostalgia melancólica- se hace presente por la ausencia de la persona amada o el amigo y siempre va unido a los sentimientos de admiración por la naturaleza. Estas cantigas suelen ponerse en boca de quinceañeras mozas, quienes lloran su triste soledad, y van preguntando a los pajarillos, a las flores y a las hierbecillas silvestres por el paradero de su amado.
            Las cantigas de amigo tienen un alto valor poético, superior siempre a las cantigas d´amor, y son más sinceras y llenas de emoción. Desde principios del siglo XIII, se difunden por Castilla tanto la escuela culta o cortesana como la popular, hasta el punto que todos los poetas castellanos adoptan estas formas y esta lengua como vehículo de expresión lírica. La lírica castellana llega a su auge en pleno siglo XIII, y, junto a la poesía épica, sobria y recia, que trata de enaltecer los ideales de un colectivo, aparece esta poesía lírica de inspiración individual. Ya no son los juglares los únicos que atraen la atención de las gentes del pueblo inculto, sino que el mester de clerecía, de rango ilustrado, trata de arrebatarles el auditorio.
            Américo Castro en su libro “La realidad histórica de España” dice que la “ausencia de una lírica en castellano, entre los siglos XI y XII, es debido a una creación defensiva contra la sensualidad musulmana”. El espíritu castellano cultiva durante este tiempo la poesía de carácter épico y colectivo para eludir el campo de la intimidad, lo que se da harto frecuente en la literatura árabe. No obstante, don Ramón Menéndez Pidal es partidario de la existencia de una poesía lírica indígena que no ha llegado hasta nosotros y que estaría compuesta por canciones de siega, de mayo, de romería, cantos de amor, las serranillas y los villancicos.
            La métrica más frecuente utilizada en esta poesía es la del zéjel y la muwaschaha, consistente en una cancioncilla, generalmente un pareado, seguida de tres versos monorrimos y de otro que rima con aquélla, repetidos tras cada estrofa a modo de estribillo. Esta estrofa, de origen arábigo-andaluz, tuvo una larga vida en la literatura castellana, según Menéndez Pidal, ya que perduró hasta bien avanzado el siglo XVII. Siguiendo esta autorizada opinión, el villancico, por tanto, tiene su origen en la primitiva lírica autóctona.
            Villancico, etimológicamente, significa villano, campesino. Por tanto, es cantar de villano o cantar de hombre del campo, siendo, en sus orígenes, una composición músico-poética, con un texto vulgar y un estilo un tanto rústico, aunque después evoluciona hasta dar la cantata barroca. Ya en el siglo XVI, aparece el villancico de corte religioso, como canción de Navidad, de loa al Santísimo Sacramento y de alabanza a la Virgen y a los santos. Finalmente, hacia últimos del siglo XIX, aparece el villancico flamenco, que es una variedad de cante con plurales influjos y características. En muchos casos, estos villancicos son los tradicionales, pero revestidos con el ropaje de la música flamenca, es decir, que son villancicos aflamencados y, en otros casos, bulerías o tanguillos, cuyas letras se refieren a determinados temas navideños: el nacimiento del Niño Dios, la adoración de los pastores, la adoración de los Reyes Magos o el parto de la Virgen.
          

Nacimiento con los Reyes Magos

  El villancico es una estrofa poética, cuya métrica es muy difícil de determinar, ya que siempre se adapta a la música que le acompaña. Suele constar de un número indeterminado de versos cortos, generalmente, de dos a cinco sílabas. Esta composición, y siguiendo siempre la teoría de don Ramón Menéndez Pidal, es la “forma más primitiva de la glosa”, que tiene, como hemos indicado, su origen en el zéjel, y suele constar de tres partes: estribillo, tema central o copla y, de nuevo, estribillo o vuelta. Hay dos clases de villancicos: el vulgar y el culto. El primero es el primitivo que aparece en el siglo XIII, y su formación se debe a composiciones emanadas del pueblo, individual o colectivamente. El culto, por su parte, es aquél que ha nacido ya preconcebido por un individuo con dotes poéticas más o menos cualificadas, pero sin tener la intención de recoger las tradiciones del pueblo. También se puede dar el caso que sean villancicos construidos en lengua vulgar, pero en los que se aprecia que les falta el verdadero tono de las tradiciones populares, y, por tanto, corresponden al apartado del villancico culto. Juan Díaz Rengifo afirma que en el villancico van unidas letra y música, inseparablemente; pero, la verdad, es que hay diferencias en la mecánica de una y otra. Los villancicos que tienen sólo la métrica popular, guardan, por otra parte, reminiscencias del canto, e incluso de la danza colectiva, que dio como resultado el villancico. Y ésta es otra teoría de los orígenes del villancico actual.

            El villancico, con su significado de cantar de villano o cantar de hombre de campo (al labriego se le llamaba también villancete y villancejo), se ha caracterizado muy bien frente a otras composiciones poéticas, por la variedad de su temática que, siempre, le ha dado una configuración más llana y popular. El primer villancico que se escribió en lengua castellana fue, posiblemente, el contenido en el “Auto de los Reyes Magos”, ya que la lengua corresponde a finales del siglo XII, o principios del XIII. La fuerza y la gracia del villancico está contenida en la repetición del estribillo, que es, a su vez, la suma de sentimientos que produce el tema central o copla, llamada también mudanza.
A través del siglo XVII, hay una tendencia a sacralizar el villancico popular. Para ello, la Iglesia tiende a propagar el espíritu del villancico en los grandes centros religiosos, como las colegiatas y catedrales, monasterios y abadías. En todos y cada uno de estos centros religiosos había un maestro de capilla, quien, con la debida autorización y antelación necesaria, preparaba los nuevos villancicos para la próxima navidad. Y aquí entran en juego los poetas. Éstos, en muchas ocasiones religiosos y sacerdotes seculares, preparan las letras más convenientes, a las que el maestro de capilla  pone la música para ser cantados durante las fiestas navideñas.
            Tanto agrado produjo esta clase de villancicos en los fieles que, poco a poco, fueron relegando a los de corte profano. Tal es así, que muchos de estos villancicos fueron olvidándose hasta perderse la autoría de los mismos, cuando no su propia existencia. Y esta influencia ha llegado hasta nuestros tiempos. Hoy día, todos pensamos en el villancico de corte religioso cuando nos referimos a tal glosa. Los muchos ejemplos que pudiéramos poner de villancicos profanos, nos sonarían más a cancioncillas populares que a tales villancicos.
Me imagino cómo gozarían aquellos santos españoles, y aquellos otros santos varones, que hubo y no en poca cantidad, cuando compusieran sus villancicos y los cantaran en Navidad. Qué extraordinario coro se hubiera formado con los autores de tantos y tantos villancicos del Siglo de Oro Español, a los que se hubieran unido los ejércitos compuestos por las órdenes religiosas de agustinos, franciscanos, jesuítas, capuchinos, dominicos, carmelitas, benedictinos… Son centenares los poetas que dedican sus versos en ésta época a este género religioso. Recordemos a Pedro Malón de Chaide, Fray Luis de Granada, Fray Juan de los Ángeles, Sor María de Ágreda, Francisco de Osuna, Fray Bernardino de Laredo, Alejo Venegas, Alonso de Madrid,  Padre Ribadeneyra, Fray Luis de León, Beato Alonso de Orozco, San Ignacio de Loyola, San Pascual Bailón, San Juan de Avila, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz… Podemos imaginarnos a las radiantes monjas, dirigidas por la batuta de madre Teresa, bailando durante las fiestas de Navidad y entonando alegres villancicos con música de salterio unas veces, y otras con música popular. Los pitos y panderos que utilizaban las monjas para acompañar los villancicos compuestos por Teresa de Jesús se conservan actualmente en el “relicario teresiano”.
Es mi deseo rendir un cariñoso homenaje a tantos y tantos poetas que han cultivado el género del villancico, y a todos los amantes de esta glosa navideña, quienes con generosidad reparten su cargamento de paz y alegría por los rincones del ancho mundo.
No quisiera terminar este breve y sencillo recorrido del villancico sin hacer justa mención a un hombre bueno, a un hombre enamorado de la Naturaleza, a un hombre fiel y amigo de los hombres: Francisco de Asís. De un salto nos trasladamos, tiempo atrás, al 24 de Diciembre de 1223. Estamos en Greccio, pueblecito cercano a Rieti, en la comarca del Lacio italiano. Allí está todo preparado por el hermano Juan, quien ha abandonado la carrera de las armas para enrolarse en otro ejército -ejército de humildad y pobreza-, fundado por el autor del “Canto al hermano sol”, para festejar el nacimiento del Niño Dios. Tomás de Celano, corroborado, más tarde, por San Buenaventura, nos relata cómo se fundó el primer belén y cómo se cantaron los primeros villancicos. Podemos imaginarnos al Santo de Asís con su meliflua voz, bien secundada por las ardientes y sonoras de los hermanos Bernardo de Quintavalle y Gil de Asís, por las de los hermanos León “Ovejuela de Dios” y Maseo de Marignano, por las de los hermanos Junípero “Juglar de Dios” y Bernardo de Asís, su primer compañero, por las de los hermanos Benito de Pisatro y Tomás de Celano, su primer biógrafo, por las de los hermanos Elías, primer General de la Orden, y la del propio Juan de Asís, siempre a la sombra de los hermanos Rufino y Silvestre de Asís, entonando, a pecho abierto, aquellos seráficos villancicos, en la primera ocasión que se representaba el nacimiento del Divino Infante.