POESÍA DE NICOLÁS DEL HIERRO

NICOLÁS DEL HIERRO

Nacido (1934) en Piedrabuena (Ciudad Real), reside en Madrid desde sus 20 años. Tiene doce libros de versos publicados y tres antologías de los mismos, más dos plaquetas/homenaje.

En prosa ha dado a la luz tres novelas y dos libros de cuentos, y, en colaboración un volumen: “Historia de Piedrabuena”.

Ha impartido numerosas conferencias, “mesas redondas”, y lecturas de poemas; ha escrito diversos prólogos, siendo colaborador de varios periódicos y revistas. A la vez que figura en diversas Enciclopedias y en “¿Quién es quien en la poesía española?”

Está en posesión de un centenar de premios, que van desde el primero por varios de sus libros y poemas en España, pasando por el CEPI de Nueva York, hasta llegar a los antiguos Juegos Florales; pero el que más considera es el reconocimiento de su pueblo natal, cuyo Ayuntamiento, en pleno del día 17 de abril de 1997, aprobó la creación de un premio anual de poesía con su nombre, para galardonar un libro de poemas, que ya ha superado la decimoquinta  convocatoria.

 

     COLOR PLOMO

     Va un hombre solo por el campo:

las nubes son de plomo,

y son de plomo los olivos,

Todo es de plomo ante sus ojos:

el verde-negro de las aguas,

el blanco-verde de los chopos;

gigante muerto, la sierra

tiene las jaras de plomo.

            (Dejó la ciudad dormida

            bajo la noche del lobo

            y partió sin saber dónde).

Va por el campo un hombre solo,

peregrino del tiempo de su tiempo,

a cuestas la pereza de los otros.

Se le durmió la brisa entre las manos

y el sol le puso un beso entre los hombros.

(Sonríe el hombre)

Pero los hombres le cargaron todo

su dolor a la espalda, y, con la pena,

se le ha teñido el beso color plomo…

Arrastra el hombre su tristeza,

se le ciegan los ojos con el polvo

y, oyendo siempre la canción del tiempo,

recuerda, caminando en campo solo,

que, allá lejos, al que dormita

le irán tiñendo el pecho color plomo.

      LA CLARIDAD DEL ALMA

                        por Nicolás del Hierro

Este poema ha obtenido el Primer Premio de Poesía “Santa Teresa de Jesús”, que fue entregado en Madrigal de las Altas Torres el 17 de octubre de 2009.Certamen que, bajo el patrocinio de la Excma. Diputación de Ávila, organiza el Hogar de Ávila en Madrid.

                          I

¿Dónde la luz? La luz tiene ese cetro,

cenit preclaro, que estelar nos llega

por los cauces omnímodos del cielo

a los ojos del hombre, a las abiertas

pupilas que, gozosas en su empeño,

disponen arreboles en la entrega.

El horizonte es una inmensa tabla

que ilumina contrastes y que llena

de auroras la retina; que hace gama

de su abierto abanico cuando puebla

la piel y los paisajes, la membrana

extensa y formidable de la tierra.

Amamos los colores y las formas,

gozamos la razón de la belleza

bajo el impulso alado de las horas.

El día es su verdad: le da su fuerza

con el beso del alba y la corona

del véspero, que acuna su grandeza.

Su forma es el Camino, un camino

que lleva a Las Moradas de la idea

a la pasión del alma y al latido

por donde la virtud, libre, espolea

a los corceles de la entraña, al vivo

estado de un amor que recompensa.

                          I I

Brota Cristo en el pecho de quien ama,

porque amor es su pulso y su latido;

vibra Dios en el centro enriquecido

de quien con fe lo busca y lo reclama.

La mística se enciende; cauce y llama

disponen de la entraña su gemido.

Surge un eco de alturas, un tañido

de luz que en fundaciones se derrama.

La cima es otra luz. ¿Viene del cielo

o es cielo lo que busca? Todo anhelo

es mística pasión, brasa y pavesa.

Claridad busca el alma, no pupila:

la entraña es manantial que se deshila

llanto a llanto en la fe de sor Teresa.

                        I I I

Su fuerza es interior. Se nos proyecta

desde un extenso faro, un gran destello

capaz de iluminar con sus esencias

el amplio corazón del universo.

Surge como un torrente; consecuencia

de otra luz que impone sus reflejos.

La luz es hoy un labio que se crece

por el sublime son de una campana;

una oración que en su redoble vierte

las nobles inquietudes de la Santa:

mientras, la claridad es un presente

que conjugan Amado con Amada.

                        I V

Amado con Amada. Siempre unidos

en su razón de fe y humanidades;

salvedad de amorosas salvedades

que unifican los reinos divididos.

Dos amorosos rayos concebidos:

cielo y tierra en amor de claridades.

Unidad de dispersas unidades

sobre el juego ideal de los sentidos

Una luz busca el ojo y otra el alma,

que extremos son de amor en arrebato.

Dos claridades, desde arriba llegan:

DONDE HABITA EL RECUERDO

                                 Para Laura

                       I

Los recuerdos me habitan con un trino

de pájaros y alondras,

aves que estrenan con el alba

su partitura de ilusiones

en renovado cántico de luz.

Rescato de la noche mi esperanza,

y vivo; vivo la presencia inerme

de juventudes impolutas.

Todo yo me recobro en las tinieblas

por el sol de otro tiempo.

                                         Soy,

fuimos, Laura, caminos divergentes

que, al fin y en su distancia,

descubren un paisaje de amapolas

donde alentar futuros, cultivar

semillas que perdimos una tarde

de adolescentes brumas.

                                    Se nos fueron

los días como el agua

se escapa entre las manos, como el sueño

se pierde al despertar; crepúsculos

que a la puesta del sol se sombrearon

tras su belleza de Arco Iris.

Y hubimos de esperar, darle al reloj

su rítmico concierto,

ponerle al corazón su pulso de diamante.

Un tiempo que redime circunstancias

se asomó a los balcones de la aurora.

Y puede amanecer. Nos amanece

con fabulosos trinos del recuerdo,

y una orquesta de alondras armoniza

el festival de ensueños que perdimos.

                  I I

Somos otra vez luz,

palabra que se estrena.

Nada puede evitar esta armonía

que sólo la distancia condiciona

con el poder de las ausencias,

los imposibles de la duda.

.

Hablo, hablamos, y el vocablo

toma un color de juventud,

de tiempos menos graves,

donde ni tú ni yo supimos

bordar el cañamazo con los hilos

que la seda del tiempo

en actitud de amor configurara.

Y larga fue la noche,

las horas de silencio

que envolvieron las sombras

y alejaron los años.

Hasta que, al fin, el alba

le puso al corazón su “extem” de luz

y entonaron los gallos de la aurora

su partitura de esperanza.

 MIRADA EN GRIS

(Al desconocido joven con quien nos cruzamos una

tarde/noche de invierno en una ciudad costera

y cuya herida mirada originó este poema).

  Puede que nunca sepas la razón de este poema,

la verdad por la cual, aquella noche, hasta sus labios,

lo salobre del mar llevó el destino de una lágrima.

Ojos que dejan huellas: la humildad penetrante

de tu mirada en gris, de una necesidad

misteriosa y oculta, como si el pan ázimo

de tu andar sin rumbo, el amargo sabor ofreciera

a los acordes de una música existencialmente ingrata.

Parecías el cuello devorado de un cisne,

la languidez dormida de un tallo que la zarpa

de una gélida noche apartó de su cuna;

tu andar sin destino concreto, preguntaba

por el cálido aroma de la estrella primera.

Era un interrogante mudo, certero, que partía

de tu pálido rostro, del amarillo en gris

con que tus ojeras arropaban -lagos verdes-

el penetrante junco de tu mirada herida.

  Oírse pudo el silencio de tu nada,

el denodado esfuerzo de tu querer decir callando.

Errantes normas de caudal sumiso, arcángel

se diría del consuelo con que las furias descomponen

a quienes los nudillos tienen de pétalos,

                                                            de brisas,

al recurrir a la necesidad urgente de un suspiro.

 Imaginé tus ansias de vivir sin vida, cargado

el peso de tu ausencia en dos alforjas,

dulces miserias donde guardar tu hambre.

Caminabas, caminas,

¿pero hacia dónde? ¿Qué destino o qué meta?

¿Un trabajo en el sol…? ¿Una luna donde pasar       la noche…?

Huellas de un reducto sin nombre e innombrado.

 El poeta no tiene, no, incienso en los bolsillos,

se diluye hacia adentro y aromatiza el ansia

de saberse integrado a la miseria…

                                                Al amor también.

Y escribe, escribe su condena…

                                        Por si acaso nos sirve.

   CARACOLES ASFÁLTICOS

No, yo no soy un solitario.

La soledad es esta muchedumbre

que aplasta con su bota

la parda piel del oso

por las calles del mundo.

Contempladlos. Ausentes,

caracoles asfálticos,

con sus fueros y furias,

con sus cargas de sueños e hipotecas,

su consumo energético…

Nunca miran al cielo,

desconocen lo que de bello tienen

las nobles rejerías

de los altos balcones,

las finas taraceas

del juego arquitectónico.

Abstracción de su mundo,

ensimismados, por sus ojos,

desde su pensamiento,

taladran las aceras.

No, yo no soy el solitario.

Pero, ¿alguna ocasión

levanté la mirada

más allá de los altos rascacielos?