APUNTES ENTRE PARÍS Y EL TANGO, por Eduardo Pérsico

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Qué hacés en Buenos Aires? No seas otario.

                                               Con tres cortes de tango sos millonario.

                                                Morocho y argentino, Rey de París…

                                                         Araca París, de Carlos Lenzi. 1931.

 

        En su libro ‘Los Dueños del País’, el sociólogo Julio Mafud sostuvo que desde 1870 a 1914 para la clase alta argentina París fue una verdadera obsesión. En tanto esa ciudad fuera el centro de la Europa civilizada, aunque más también porque debajo de ese París ‘pour la galerie’ existía el otro París,  ‘el de la prostitución refinada y las amantes eróticas’. Y muy anterior al libro de Mafud, en una publicación francesa de 1912 el pintor francés Sem, muy afín a Toulouse Lautrec, comentaría que el furor del tango argentino en París era una especie de ‘fiebre’, en tanto  por esa segunda década del siglo veinte sucedía que a la circulación de las partituras de ‘La Morocha’, un cuplé asimilado al tango, y ‘El choclo’, ambos de Angel Villoldo, se agregarían las ‘exhibiciones bailables’ que Ricardo Güiraldes luciera por 1910 ante la aristocracia francesa. Semejante ‘neurosis’ tanguera desplegó una marcha fulminante por los teatros, cabarets y grandes hoteles de París, y esa certeza alentaría a viajar hacia esos pagos de los músicos argentinos Celestino Ferrer, Eduardo Monelos, Vicente Loduca, el bailarín Casimiro Aín en 1913  y por 1919, la orquesta de Manuel Pizarro, Genaro Expósito y otros intérpretes más.

Horacio Ferrer
Horacio Ferrer

Como una coincidencia curiosa por el ámbito del deslumbramiento francés con el tango, muchos apuntarían que en Buenos Aires se conocían temas con nombres de madamas de prostíbulo, La Laura, la Queca o similares, que en París se difundían como Loulou, Marlene o  Primerose. Y cuando el prestigio del tango en París se acrecentaba, los porteños decentes comenzarían a preocuparse: ‘y si París todo lo impone, ¿no acabará por hacernos aceptar en nuestra buena socirdad el tango argentino?’; se inquietarían la revista El Hogar y sus lectores por diciembre de 1911.

      Terminada la primera guerra mundial y antes que Carlos Gardel  luciera en el Teatro Fémina de Champs Elisses como ‘la grande vedette argentine’, el tango en París seguía ligado al baile en salones aristocráticos y cuando Francisco Canaro viajó en 1925 con su orquesta, el sindicato de músicos francés ya imponía a los extranjeros vestirse con ropas típicas. Asunto que Canaro relató con en sus memorias sobre aquel circuito de dancings y salones de tango, ellos vestidos de gauchos ante príncipes, maharajaes y artistas como Rodolfo Valentino, el pianista Arturo Rubinstein o el violinista y aficionado milonguero, Jascha Heifetz. Por esos días y vecino al Florida existía el teatro Le Perroquet, donde el Tano Genaro conducía su orquesta y entre las matinées llamadas thés-tango  brillaban el Claridge Hotel y el Ermitage de Champs Elysées. Además del emblemático restaurant El Garrón, de un argentino y sede estable de la orquesta de Manuel Pizarro donde se bailaba hasta la madrugada, igual que en el dancing Capitol, cuya orquesta típica recibía a insomnes calaveras hasta la media mañana.

Orquesta Manuel Pizarro
Orquesta Manuel Pizarro

Por ese mismo tiempo hubo no pocos sainetes en Buenos Aires que ambientaron el primer acto en un conventillo porteño y el segundo en algún imaginario cabaret parisino. Y aunque la cultura del tango reflejara apenas el  París del teatro o las letras, lo mismo la Ciudad Luz sería más nombrada que ninguna otra ciudad extranjera en el hablar de Buenos Aires. Quizá porque la cultura tanguera viera a la capital francesa como el mayor referente, sino además porque las aspiraciones extranjerizantes de la clase alta argentina ya se exhibían muy arraigadas.  Y en ‘La Obsesión Francesa’, el autor Aníbal Oscar Claisse nos dice:  ‘y en un muestreo hecho al azar sobre unos 2000 tangos me ha permitido registrar 632 alusiones a Francia, a sus usos y su cultura. ¿Y cómo se llaman las mujeres de los tangos? Frente a 46 Marías, Esteres, Nicanoras, Malenas y similares, me encuentro con 63 Ivonne, Yvette, Ninon, Germaine, Jacqueline, Claudinette, etc., apareciendo como campeona absoluta Mimí, con 15 menciones’.  Y suponemos que si la protagonista del tango se llamara ‘solamente María’ como tantas chiquilinas embarcadas en Galitzia, Polonia,  por los cafishos de la  Zwig Migdal, por ser hermosas y rubias aquí bien serían negociadas como francesitas. Si al fin no pocas de ellas cubrirían los prostíbulos del Dock Sud y bien jóvenes irían a llenar el cementerio de la calle Arredondo en Avellaneda, Buenos Aires, siguiendo el itinerario de tantas ignoradas hasta en las letras del tango. .

Orquesta: La que murió en París
Tango: La que murió en París

Desde ‘La que murió en París’, de Blomberg y Maciel en 1930, ‘Araca París’, de Carlos Lenzi en 1931, y ‘Anclao en París’ de Enrique Cadícamo en el mismo año,  1931, – temas de homenaje a la Ciudad Luz- ya antes hubo un repaso literario de lo francés demasiado gratuito y que nos propinara José González Castillo. Un innegable y valioso creador que en 1924 con su tango ‘Griseta’ se excediera en referencias inocuas con ‘mezclas raras de Museta con Mimí.acariciadas por Schaunard quien quería ser Manón, aunque fuera del

Tango en París
Tango en París

Quartier; su  barrio, donde soñaba con Des Grieux queriendo ser Manón’; más otros abstrusos acertijos inválidos para un escritor tan orientado hacia lo popular. Pero si González Castillo pergeñara esa letra para cumplir de sobra con su cuota parisina, por fortuna eso hoy nos sirve para indagar la vinculación cierta de nuestra expresión más representativa, el tango, con lo francés. Porque a excepción de los actores directos de esa recurrencia, -músicos y letristas – los hombres comunes de Argentina que madrugaban para trabajar en oficinas, talleres, fábricas y negocios,  no amanecían con somnolencias parisinas y demasiado inquietados  por viajar a París. Y sabiendo que la veneración tanguera por lo francés entre el gentío común nunca fue tanto, cabe pensar que los fervorosos impulsos parisinos fueron fabricados, anecdóticamente, no sólo por algún tango sino por quienes más estimaran la prostitución y las refinadas amantes. Esa clase alta de divertidos y dependientes muchachos económicamente más pudientes de la sociedad.