CUENCA «LA GRANDE» por Luis Manuel Moll Juan, con poemas de Aurora Gómez Blázquez
Cuenca y su catedral
Cuenca «la grande», que nunca tuvo un caballero porque los tuvo a cientos. Una ciudad que es un pasodoble, la mires, por donde la mires.
Dice Aurora Gómez, poetisa, que aunque sus raíces están en Munera, dentro de la comarca albaceteña, ella, en parte se siente conquense. El Huecar y el Jucar corren por sus venas de prosa, de versos y de alegrías… en sus hablares, me dice que en Cuenca hay juncos atrapados, verdes hieráticos, nacidos para el hombre. Hay nardos en las calles, romero por el suelo, rincones donde se abren las puertas y ventanas, rincones atrapados por la retina de las personas donde callan los tiempos.
Por esta ciudad pasaron personajes como Muhammad ben Abd Allah ibn Said Mardanís, llamdo el “Rey Lobo”, Ben Lope que se proclamó rey de Cuenca, Averroes, Sahib al-Sará, Alfonso VIII, El señor de Villena Don Juan Manuel, Alonso de Ojeda, Andrés Hurtado de Mendoza, Antonio Enríquez Gómez, Federico Muelas, y un largo etc. De personajes que han hecho, aún más rica a esta Cuenca.
Monumento a Alfonso VIII, conquistador de Cuenca
La historia de Cuenca a pesar de las escaramuzas entre entre romanos e celtas olcades, no comienza a vislumbrar hasta la llegada de los árabes con la fundación de la ciudad de Qünca. La dinastía bereber de Banu Di-L-Nun, descubrió la importancia que tenía este lugar protegido por la fuerte naturaleza de las hoces del Júcar y del Huete, para hacer de la ciudad uno de sus bastiones defensivos ante las luchas que tenían continuamente contra los Omeyas.
Alfonso VIII, llega a las murallas de esta ciudad y después de un largo asedio, sus huestes disfrazadas de cordero (según la leyenda) y guiadas por el lugareño y pastor Martín Alhaja, entraron tras las murallas árabes de la ciudad y la conquistaron.
Cuenca, participó activamente en el apoyo a la causa de los Trastasmara, tomando parte importante en la proclamación del rey castellano Enrique II.
Ya en el 1529, se instaló la primera imprenta en esta ciudad, siendo su primer libro publicado Principios de l Gramática en Romance de Luis Pastrana, capellán de la ciudad.
Durante la guerra de la Sucesión, Cuenca tomó partido por el rey Felipe V.
En la guerra de la Independencia, los franceses estuvieron en esta ciudad, saqueándola en varias ocasiones a pesar de la férrea resistencia por parte de los conquenses, y quemando como siempre todo lo que había de valor monumental.
El 13 de juio de 1874, fue otra vez asediada, pero en esta ocasión por las tropas Carlistas, en la llamada Tercera Guerra Carlista. Esta batalla se saldó con un número muy importante de muertos. Hasta tal punto que en 1876, recién acabada la guerra, se propuso la construcción de un Mausoleo de memoria a las víctimas de tan atroz batalla.
Vista de Cuenca. Los rascacielos, en la Hoz del Huecar
En 1902, se derrumbó el campanario de la catedral conocido como Torre del Giraldo, matando a 6 personas. Tras este hecho, se tuvo que proceder a demoler la fachada barroca y sustituirla por una neogótica, obra del arquitecto Vicente Lamperez, que es la que podemos contemplar hoy en día.
Durante la guerra civil estuvo en el lado de los republicanos, teniendo poca incidencia en este periodo de guerra.
La Hoz del Jucar
En diciembre de 1996, Cuenca y sus hoces fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco
En los andares por las empedradas calles de esta ciudad, que parece más pueblo que villa, por lo coqueta, por sus gentes por su historia, nos van hablando de sus caminantes, de sus santos, de sitios pintorescos donde hay grabadas más de una vida y donde a veces, en la tranquila noche de la ciudad vieja, nos aparecen sombras de ayeres, ciertos rasgos que nos inducen a que somos vigilados por viejos pensamientos del pasado. Lo que llamaríamos fantasmas.
Ayuntamiento de Cuenca
El viajero que llegue a estar en esta tierra, no puede tener prisa. Sus monumentos están ahí, quietos a la espera de ese “flas” que bien o mal disparado, deja un recuerdo de historia en la vida del fotógrafo que vio el objetivo a través de su cámara.
Cuenca es viajera, no solo del tiempo, si no también de nuestra era. Un tren recorre tranquilo sus cuestas y uno desde sus ventanas puede descubrir bóvedas y rincones insospechados y te sientes conquistador en una ciudad que la que conquista es ella.
Calle Alfonso VIII
Cuenca, no tiene puntualidad, a ella le sobra. Podemos ir despacio a cualquier parte, sus piedras siempre aguardan, no hace falta quedar a una hora fija, ella está ahí, tiene su espera; es en otoño lo que en primavera: toda una belleza. La calle de San Juan, la Bajada de Santa Catalina, nos hacen soñar con el caballero que un día bajo la luz de un tenue farolillo, cruzó por sus calles para encontrase tras una enrejada balconada con su amada.
Después podemos ir hacia ver los restos de la antigua alcazaba árabe y pararnos a contemplar como la hoz del Huecar le da un abrazo de enamorado a la vieja ciudad.
Vidrieras de la catedral
En Conca, como la llamaban los árabes, se consigue descubrir el corazón de la ciudad al ver la fachada de su alegre catedral, que se mantiene en pie, pese a las grandes vicisitudes que la historia le ha dejado, algunas marcadas en sus centenarias piedras. Y volvemos por sus calles adoquinadas que engalanan los pies de su gente brava, ciudad amada.
Escalones interminables que nos llevan imaginar que estamos cerca de una morada de brujas encantadoras, en donde la noche pasea un aire entre sus callejuelas rincones y plazas, repleto de magia.
Casas Colgadas
Hace ya algunos años, a principios del siglo pasado, Pedro Rápide hizo un canto, digamos… poético a Cuenca con la frase de “es única” hasta Unamuno, en su paso por la ciudad, dejó su pronta literaria en esta tierra de las dos hoces, posiblemente serán las más bellas de España.
“¡Esto si que es mirar para Cuenca!”
Morteruelo del Buen Lagar
Su Gastronomía, nos recuerda a los platos de esos pastores que caminaban con sus rebaños por las serranías conquenses: los zarajos, guisos a base de carne de venado o jabalí, ajoarriero, gazpachos galianos, migas y sin olvidar el morteruelo, plato que de manera exquisita podríamos degustar en el restaurante“El Buen Lagar” sito en la llamada plaza de la “U”
Poemas sobre Cuenca
Aurora Gómez Blázquez de su libro «En las verdes colinas habita la luna.
La Autora de estos poemas bajo las Casas Colgadas
ENTRE HOCES.-
Tiempo de la espera, setenta kilómetros
en piedra de mineral, se va la sombra
de un árbol caído, pisado por sus hojas
evanescentes, fresco mes de abril
la ráfaga perdida ¡el agua se evapora¡
raíces de tierra que acarician mi rostro
en balanceo al sol extremo,
con alas al sol se desplaza,
en lluvia de raíz
y desde el pequeño océano se
acerca,
tiempo dormido,
armadura en silencio de quijote
en el molino venturoso.
Como naúfrago de río
aplaca las aguas dulces,
añoro la madrugada en rama de
hoja perenne,
mientras se van las golondrinas al tejado,
queda el árbol crecido
ensimismado, es la creciente espera.
Deja atrás su rumbo pequeño océano,
se acerca y acaricia mi rostro
¡en balanceo al sol extremo añoro la madrugada!
Cuenca la piedra habla,
glaciación donde entierro raíces,
es el viajero de velas encendidas,
vive en una caverna,
diamante río donde la belleza brilla
se acerca la luna redonda
Portada del libro En las verdes colinas habita la Luna